Aunque el impulso de un líder, o la necesidad de resolver un problema urgente, puedan inspirar a una comunidad, no pueden -por sí solos- darle vida.
Las comunidades son organizaciones eminentemente sociales y voluntarias. Su éxito depende de su propia habilidad para generar el entusiasmo, significado y valor suficiente como para atraer y comprometer a las personas. Ciertamente, no podemos diseñar una comunidad como diseñamos una organización tradicional.
Las comunidades necesitan alimentar las interacciones que las mantienen vivas.
Una comunidad propicia más la participación de sus miembros si posibilita que las personas se sientan cómodas dentro de ella.
El diseño de una comunidad requiere utilizar principios diferentes de aquellos utilizados para diseñar organizaciones que se centran en las estructuras, los sistemas y los roles para alcanzar metas relativamente fijas. Incluso en aquellas organizaciones que están diseñadas para ser flexibles y responder a su ambiente, la evolución, la dinámica y la vitalidad no son objetivos primarios. Para las comunidades, sin embargo, estos tres elementos son esenciales. La meta -al diseñar una comunidad- debe ser posibilitar su evolución (capitalizando la dirección, el carácter y la energía de sus miembros); mantener su dinámica y alimentar su vitalidad para que así la construcción y el intercambio de conocimiento tengan lugar y logren trascender y aportar.
La Dirección de Tecnología Educativa ha identificado cinco acciones fundamentales:
- Catalizar la evolución natural
- Abrir el diálogo dentro y fuera de la comunidad
- Propiciar diferentes niveles de participación
- Desarrollar espacios públicos y privados
- Combinar familiaridad y expectativa